Noticias del mundo musical

¿Cuántas veces hemos escuchado una misma melodía en diferentes óperas de Rossini, Haendel y tantos otros? Un montón. Sin embargo, ellos se lo guisaban, ellos se lo comían. ¿Cuántas veces hemos escuchado un mismo tema, popular o de autor conocido, sobre el que otros compositores han hecho sus variaciones? Otro montón. Sin embargo, eran realmente nuevas creaciones. ¿Alguien puede dudar que no lo sean las “Variaciones enigma” de Elgar, las “Variaciones sobre un tema de Paganini” de Brahms o las “Variaciones Diabelli” beethovenianas? ¿Alguien puede poner en duda las recreaciones de Cristóbal Halffter en “Tiento de primer tono y batalla imperial” sobre piezas de Cabanilles y Cabezón? ¿Alguien puede dudar de las incuestionables obras de arte que son las trascripciones de Liszt de temas operísticos? Este sábado el CNDM llena la sala sinfónica del Auditorio Nacional de “novenas” sinfonías, pero en la de cámara se ofrecen simultáneamente muchas de esas sinfonías en trascripciones pianísticas escritas por sus mismos autores o por otros. ¿Acaso no supusieron aportaciones significativas?

Una ley estableció en España la extinción de los derechos de autor a los 70 años, con algunas excepciones a los 80. Esto quiere decir que nadie ha de pagar a nadie cada vez que en un auditorio, radio, televisión, cines, bares, etc. se emite una partitura de Mozart, porque son ya de dominio público. Sí hay que hacerlo con las del citado Halffter o Boulez. Como el que no corre vuela, han surgido históricamente formas varias de saltarse el dominio público. Algunas plenamente legales, incluso artísticas y otras no tanto. En los últimos años se ha extendido la moda de las “revisiones” de partituras. Muy conocidos son los admirables trabajos en este sentido del añorado maestro Alberto Zedda con Rossini. Sin embargo, hay otros “espabilados” que han añadido cuatro compases o alterado cuatro anotaciones para convertir en propias obras de dominio público y cobrar ellos en vez de Mozart o Beethoven, sin que nadie les saque los colores. Aún recuerdo unas palabras de Carmelo Bernaola: “¡Que va a arreglar éste, si no sabe solfeo”. Una auténtica vergüenza.

Pero en este país, el que no corre vuela, y nos acabamos de enterar de la trama –ésta sí que parece serlo- descubierta en la SGAE existente desde hace años. Supuestamente algunas personas de la Sgae, algunos pretendidos compositores y algunos empleados de medios de comunicación se habrían puesto de acuerdo para emitir a horas intempestivas “arreglos” de páginas de dominio público con el fin de cobrar derechos y repartírselos entre todos. Las composiciones se habrían cedido a editoriales de las propias cadenas televisivas, con lo que lo éstas obtenían un retorno de lo pagado. Parece que cobraban poco por cada obrita dada su duración y la hora de su emisión pero, al ser muchas, podían llegar a generar más derechos que los que perciben figuras consagradas. Así, en 2015, estas músicas en el aire de madrugada supusieron el 70% de la recaudación de música en televisión, pese a que sólo las oyesen el 1% de la audiencia. Y de tales “apaños” procedió el 80% de los 250 millones que ingresó la SGAE ese año.

http://www.beckmesser.com/el-nuevo-fraude-en-la-sgae/

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El nuevo fraude en la SGAE.

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